El Pie Desde su Niño / Pablo Neruda
agosto 30, 2013

El pie del niño no sabe que es pie, y quiere ser mariposa o manzana.

Pero luego los vidrios y las piedas, las calles, las escaleras, y los caminos de la tierra dura van enseñando al pie que no puede volar, que no puede ser fruto redondo en una rama. El pie del niño entonces fue derrotado, cayó en la batalla, fue prisionero, condenado a vivir en un zapato.

Poco a poco sin luz fue conociendo el mundo a su manera, sin conocer el otro pie, encerrado, explorando la vida como un ciego.

Aquellas suaves uñas de cuarzo, de racimo, se endurecieron, se mudaron en opaca substancia, en cuerno duro, y los pequeños pétalos del niño se aplastaron, se desequilibraron, tomaron formas de reptil sin ojos, cabezas triangulares de gusano. Y luego encallecieron, se cubrieron con mínimos volcanes de la muerte, inaceptables endurecimientos.

Pero este ciego anduvo sin tregua, sin parar hora tras hora, el pie y el otro pie, ahora de hombre o de mujer, arriba, abajo, por los campos, las minas, los almacenes y los ministerios, atrás, afuera, adentro, adelante, este pie trabajó con su zapato, apenas tuvo tiempo de estar desnudo en el amor o el sueño, caminó, caminaron hasta que el hombre entero se detuvo.

Y entonces a la tierra bajó y no supo nada, porque allí todo y todo estaba oscuro, no supo que había dejado de ser pie, si lo enterraban para que volara o para que pudiera ser manzana.

Poema rescatado por Jesús Martínez Arnaud.

El Pie desde su Niño / Pablo Neruda

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El Último Amor del Príncipe Genghi / Marguerite Yourcenar
abril 1, 2012

– Voy a morir – profirió trabajosamente –. No me quejo de una suerte que comparto con las flores, con los insectos y con los astros. En un universo en donde todo pasa como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sea perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sea únicos. Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación que no se renovaría nunca constituía lo más claro de mis secretos placeres: ahora muero confuso como un privilegiado que ha sido el único en asistir a una fiesta que se dará sólo una vez.

El Último Amor del Príncipe Genghi / Cuentos Orientales / Marguerite Yourcenar / 1982

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La Inmortalidad / Milan Kundera
noviembre 20, 2011

Después de esta segunda etapa de la vida, cuando el hombre es incapaz de apartar los ojos de su muerte, viene una tercera etapa, la más breve y más misteriosa, de la que se sabe y se habla poco. Las fuerzas se agotan y del hombre se apodera un cansancio que lo desarma. El cansancio: un callado puente que conduce desde la orilla de la vida a la orilla de la muerte. La muerte está tan cerca que mirarla se ha vuelto aburrido. Ha vuelto a ser invisible y a no ser vista: a no ser vista como no se ven los objetos demasiado conocidos. El hombre cansado mira desde la ventana, mira la copa de los árboles y pronuncia para sí sus nombres: castaño, álamo, arce. Y esos nombres son bellos como el ser mismo. El álamo es alto y se parece a un atleta que ha levantado un brazo hacia el cielo. O se parece a una llama que se elevó hacia lo alto y se quedó petrificada. Álamo, oh, álamo. La inmortalidad es una ilusión ridícula, una palabra vacía, un viento atrapado en una red de mariposas, si la comparamos con la belleza del álamo al que el hombre cansado mira desde la ventana. Al cansado anciano la inmortalidad ya no le interesa en absoluto.

La Inmortalidad / Milan Kundera / 1989

El Hombre Muerto / Horacio Quiroga
noviembre 2, 2010

La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas o días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.

El Síncope Blanco y otros Cuentos / Horacio Quiroga / 1924

Tokio Blues. Norwegian Wood / Haruki Murakami
julio 2, 2009

La muerte no se opone a la vida, la muerte está incluida en nuestra vida. Es una realidad que debemos conocer. El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso.

Tokio Blues. Norwegian Wood / Haruki Murakami / 1987

Párrafo rescatado por Eumir Martínez.


La muerte de Iván Ilich / León Tolstoi
junio 30, 2009

Aparte de aquella mentira, o tal vez a consecuencia de ella, lo más doloroso para Iván Ilich era que nadie se compadeciera de él, tal como hubiera querido. En ciertos momentos, después de haber sufrido prolongados dolores, deseaba –aunque le hubiera avergonzado reconocerlo– que se apiadaran de él, como de un niño enfermo. Deseaba que lo acariciaran, que le dieran besos, que lo mimasen como a un niño. Sabía que era un personaje importante, que tenía la barba entrecana y que, por consiguiente, aquello hubiera sido imposible. Sin embargo, lo deseaba. En el trato que Guerasim le dispensaba, había algo semejante a eso; y por tanto, era lo único que lo consolaba: Iván Ilich tenía deseos de llorar, le gustaría que lo acariciasen y lo mimasen. Pero he aquí que llegaba Shebek, su colega; y en vez de llorar y de pedir caricias, Iván Ilich adoptaba una expresión seria, grave y reconcetrada; y, por la fuerza de la inercia, expresa su opinión sobre la importancia de una decisión del Tribunal de Casación, que sostiene tenazmente. Aquella mentira en torno suyo y dentro de él mismo envenenó más que nada los últimos días de su vida.

La muerte de Iván Ilich / León Tolstoi / 1886

La vereda alta / Mario Benedetti
enero 6, 2009

Fue después de la novena o décima meditación que me convencí de dos cosas bastante importantes. La primera, que no podía existir la muerte como nada total y absoluta. La segunda, que la única forma de saberlo era morirse. En realidad, yo pensaba que esto era un negocio redondo, porque si me moría y después resultaba que no había Nada, poco me importaba perder contra mí mismo y no estaría, por otra parte, en condiciones de lamentarlo; si, por el contrario, había Algo, no sólo ganaba sino que sabría. Y esto me resultaba más importante que todos los otros argumentos. Sabría. Yo era mucho más curioso que cobarde. Por lo tanto, decidí morir a corto plazo.

La vereda alta / Cuentos completos / Mario Benedetti / 1947