Aura / Carlos Fuentes
mayo 16, 2012

Felipe cae sobre el cuerpo desnudo de Aura, sobre sus brazos abiertos, extendidos de un extremo al otro de la cama, igual que el Cristo Negro que cuelga del muro de su faldón de seda escarlata, sus rodillas abiertas, su costado herido, su Corona de brezos montada sobre la peluca negra, enmarañada, entreverada con lentejuela de plata. Aura se abrirá como un altar. Murmuras el nombre de Aura al oído de Aura. Sientes los brazos llenos de la mujer contra tu espalda. Escuchas su voz tibia en tu oreja: ¿Me querrás siempre?

Párrafo rescatado por Gabriela Cortázar.

Aura / Carlos Fuentes / 1962

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El Último Amor del Príncipe Genghi / Marguerite Yourcenar
abril 1, 2012

– Voy a morir – profirió trabajosamente –. No me quejo de una suerte que comparto con las flores, con los insectos y con los astros. En un universo en donde todo pasa como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sea perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sea únicos. Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación que no se renovaría nunca constituía lo más claro de mis secretos placeres: ahora muero confuso como un privilegiado que ha sido el único en asistir a una fiesta que se dará sólo una vez.

El Último Amor del Príncipe Genghi / Cuentos Orientales / Marguerite Yourcenar / 1982

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El amor dura tres años / Frédéric Beigbeder
septiembre 1, 2009

En invierno, en París, hay lugares en los que hace más frío que en otros. Por más alcoholes de alta graduación que bebas, es como si una ventisca soplara hasta los rincones más recónditos de los bares. La era glaciar ha llegado antes de tiempo. Incluso la gente produce escalofríos.

El amor dura tres años / Frédéric Beigbeder / 1997

Enamoramiento y amor / Francesco Alberoni
mayo 14, 2009

La persona que se desenamora es entonces la que, en silencio, había elaborado un proyecto propio y, siempre en silencio, planteó “pruebas” y consideró probadas las demandas del otro. Ya que todo se realizó en silencio, el otro nunca comprendió su alcance. Hasta tal extremo había superado el punto sin retorno y se había presentado como un criminal; amar a alguien así es perderse a sí mismo. Por silencio entiendo no sólo la naturaleza del proyecto, las dudas, no revelar los propios pensamientos, sino sobre todo no revelar la propia desesperación cuando se alcanza el punto sin retorno. El que ama, en efecto, se da cuenta que el amado ha encontrado el punto sin retorno de su desesperación, y entonces se detiene. Pero hay personas que viven sus propios sentimientos como una debilidad: revelar la propia angustia, la propia desesperación, significa para ellos ponerse a merced del otro. Así, cuando se ven enfrentadas a un punto sin retorno, no hablan, no explican, no suplica, no se desesperan. El otro entonces no comprende y es natural. ¿Puede decirse que esta falta de confianza, este temor a manifestar las propias emociones es un signo de que esa persona no estaba en estado naciente? Es cierto que expresa una fuerte resistencia al abandono, una necesidad de certezas y seguridad que tiene poco que ver con el enamoramiento, pero también juegan experiencias personales, desilusiones y, a veces, la falta de ocasiones. Todos tratamos de defendernos del enamoramiento, pero en este caso la defensa está más acentuada y logra su fin. Por eso la prueba es dolorosa y sincera. El fallo de la prueba lleva a la petrificación, al odio, a la nostalgia.

Enamoramiento y amor / Francesco Alberoni / 1979

El amante de Lady Chatterly / D.H. Lawrence
enero 18, 2009

No era culpa de la mujer, ni siquiera era culpa del amor o del sexo. La culpa estaba allí, allí fuera, en aquellas luces malignas y en el traqueteo diabólico de las máquinas. Allí, en aquel mundo de lo mecánicamente avaricioso, el avaricioso mecanismo y la avaricia mecanizada, cuajado de luces, vomitando metal caliente, y ensordecido por el tráfico; allí estaba el interminable mal dispuesto a devorar a quien no se ajustara a sus normas. Pronto destruiría el bosque y las campanillas dejarían de brotar. Todas las cosas vulnerables deben perecer bajo el paso y el peso del acero.

El amante de Lady Chatterly / D.H. Lawrence / 1928

Amor, etcétera / Julian Barnes – II
diciembre 19, 2008

Stuart Y otra cosa. Primero piensas: Cuando sea mayor amaré a alguien y espero que salga bien, pero si sale mal amaré a otra persona, y si no resulta amaré a otra. Siempre presuponiendo que, en primer lugar, vas a encontrarlas, y que te permitirán que las ames. Lo que esperas es que el amor, o la capacidad de amor, esté siempre ahí, esperando. Iba a decir, esperando con el motor en marcha. ¿Ves la tentación de la jerga de Oliver? Pero yo no creo que el amor –ni la vida– sea así. No puedes obligarte a amar a alguien, y tampoco puedes, según mi experiencia, obligarte a dejar de amar a alguien. De hecho, si lo que se quiere es dividir a la gente en la cuestión del amor, yo sugeriría que se haga de la manera siguiente: algunos son lo bastante afortunados, o desventurados, de amar a varias personas, bien a una detrás de otra, bien superpuestas; mientras que otros aman una sola vez en su vida. Aman una vez y, ocurra lo que ocurra, el amor no se borra. Algunos sólo pueden hacerlo una vez. He llegado a comprender que yo soy uno de ellos.

Amor, etcétera / Julian Barnes / 2000

Feliz cumple Pichón.


Amor, etcétera / Julian Barnes
noviembre 13, 2008

Madame Wyatt Amor y matrimonio. Los anglosajones siempre han creído que se casaban por amor, mientras que los franceses se casan para tener hijos o una familia, por posición social y por negocio. No, espera un minuto, me limito a repetir lo que ha escrito uno de vuestros expertos. Ella —era una mujer— dividía su vida entre los dos mundos, y al principio observaba, no enjuiciaba. Decía que para los anglosajones el matrimonio se fundaba en el amor, lo cual era absurdo porque el amor es anárquico y la pasión está condenada a extinguirse, y que eso no era una base sólida para el matrimonio. Por otra parte, decía, los franceses nos casamos por razones sensatas, racionales, de familia y patrimonio, porque a diferencia de vosotros admitimos el hecho necesario de que el amor no cabe dentro de la estructura del matrimonio. Por consiguiente, nos hemos asegurado de que sólo exista fuera de él. Esto, por supuesto, tampoco es perfecto; de hecho, en cierto sentido es igualmente absurdo. Pero puede que sea un absurdo más racional. Ninguna solución es ideal y ninguna cabe esperar que conduzca a la felicidad. Aquella experta era una mujer lúcida, y en consecuencia una pesimista.

Amor, etcétera/Love, etc./Julian Barnes 2000