Pedro Páramo – Juan Rulfo

enero 7, 2012 - Leave a Response

Afuera, en el patio, los pasos, como de gente que ronda. Ruidos callados. Y aquí, aquella mujer, de pie en el umbral; su cuerpo impidiendo la llegada del día; dejando asomar, a través de sus brazos, retazos del cielo, y debajo de sus pies regueros de luz; una luz asperjada como si el suelo debajo de ella estuviera anegando en lágrimas. Y después el sollozo. Otra vez el llanto suave pero agudo, y la pena haciendo retorcer su cuerpo.

Pedro Páramo / Juan Rulfo / 1955

 

Escribir / Marguerite Duras

enero 5, 2012 - Una respuesta

Escribir es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado.

Párrafo rescatado por Macarena Jordán.

Escribir / Marguerite Duras / 1993

 

El Libro de las Ilusiones / Paul Auster

diciembre 31, 2011 - Leave a Response

Un momento después me sentí lleno de dudas, y al instante siguiente empecé a dudar de aquellas dudas. Pensar en algo suponía pensar en su contrario, y en cuanto esta última idea destruía la primera surgía una tercera que aniquilaba la segunda.

Párrafo rescatado por Macarena Jordán.

El libro de las Ilusiones / Paul Auster / 2002

La Inmortalidad / Milan Kundera

noviembre 20, 2011 - Leave a Response

Después de esta segunda etapa de la vida, cuando el hombre es incapaz de apartar los ojos de su muerte, viene una tercera etapa, la más breve y más misteriosa, de la que se sabe y se habla poco. Las fuerzas se agotan y del hombre se apodera un cansancio que lo desarma. El cansancio: un callado puente que conduce desde la orilla de la vida a la orilla de la muerte. La muerte está tan cerca que mirarla se ha vuelto aburrido. Ha vuelto a ser invisible y a no ser vista: a no ser vista como no se ven los objetos demasiado conocidos. El hombre cansado mira desde la ventana, mira la copa de los árboles y pronuncia para sí sus nombres: castaño, álamo, arce. Y esos nombres son bellos como el ser mismo. El álamo es alto y se parece a un atleta que ha levantado un brazo hacia el cielo. O se parece a una llama que se elevó hacia lo alto y se quedó petrificada. Álamo, oh, álamo. La inmortalidad es una ilusión ridícula, una palabra vacía, un viento atrapado en una red de mariposas, si la comparamos con la belleza del álamo al que el hombre cansado mira desde la ventana. Al cansado anciano la inmortalidad ya no le interesa en absoluto.

La Inmortalidad / Milan Kundera / 1989

Diálogos / Gilles Deleuze

octubre 19, 2011 - Una respuesta

Las grandes rupturas, las grandes oposiciones, siempre son negociables; pero la pequeña fisura, las rupturas imperceptibles que vienen de sur, esas no. Decimos “sur” sin darle demasiada importancia. Cada uno tiene su “sur” y poco importa dónde esté situado. Las naciones, las clases, los sexos, también tienen su “sur”.

Párrafo rescatado por Macarena Jordán.

Diálogos / Gilles Deleuze / 1977

Libro de Notas / Alfonso Reyes

marzo 24, 2011 - Una respuesta

Esta tarea de ir apuntando cada uno de nuestros fugaces pensamientos ofrece el riesgo de todos los “narcisismos”, conduce a la desesperación y a la muerte. Quien a toda hora escribe lo que dice o lo que piensa decir acaba por considerar la “nota” como el objetivo supremo de su vida, y por enamorarse de todas sus ideícas. Ya no piensa, no habla, no escribe, sino en vista de su libro de notas. Y menos mal si se trata de una mente desordenada, que se regocija en su desorden. Pero si —ayudada de un temperamento metódico, que los hay para todo— la actividad de anotar “evoluciona integrándose por diferenciaciones sucesivas” como diría Spencer; si la actividad de anotar suscita la de clasificar las notas, y si, en materia de simetrías mentales, el anotador resulta un nuevo Bentham (no sé si alguien ha reparado en estas condiciones de Bentham), entonces ya es seguro que nuestro hombre se convertirá en la más pesada carga para sus amigos y su familia, en el peor de los necios y el más angustiado de los mortales; en un verdadero Prometeo de la mente, acosado, a una, por los buitres de la derecha y por los buitres de la izquierda. El mundo se le desmenuzará en papelitos llenos de escritura abreviada. Olvidará el comer y el dormir. ¡Ay del que clasifica palabras! (Y figuraos que, en cierto modo, la humanidad nunca ha hecho otra cosa).

Libro de Notas / Alfonso Reyes

La Melancolía del Viajero / Alfonso Reyes

febrero 16, 2011 - 2 comentarios

A veces, los que vuelven de un largo viaje conservan para toda la vida una melancolía secreta. Como de querer juntar en un solo sitio los encantos de todas las tierras recorridas.

La Melancolía del Viajero / Alfonso Reyes / 1924

José Trigo / Fernando del Paso

enero 29, 2011 - 5 comentarios

Y también por tus ciudades y pueblos me viste, me vió, me vieron pasar preguntando ¿José Trigo? Y mientras tanto en balde y para qué poniendo todas o casi todas las palabras, palabras más palabras menos. Abajo las palabras tierra, campamentos; arriba las palabras cielo, estrellas y entre la mañana por la tarde, además y con la noche las palabras nada y nadie. Porque todo esto y esto es un decir fue la mañana, la tarde, la noche en que soñé o creí soñar que buscaba a José Trigo por cielo y por tierra, bajo todos los cielos habidos sobre todas las tierra por haber y no vi nada ni a nadie. Nada bajo el cielo y sobre la tierra nadie.

Párrafo rescatado por Marcelino Perelló.

José Trigo / Fernando del Paso / 1966

Cien Años de Soledad / Gabriel García Márquez

enero 25, 2011 - 2 comentarios

Se quedaron con ella porque no había más remedio. Decidieron llamarla Rebeca, que de acuerdo con la carta era el nombre de su madre, porque Aureliano tuvo la paciencia de leer frente a ella todo el santoral y no logró que reaccionara con ningún nombre. Como en aquel tiempo no había cementerio en Macondo, pues hasta entonces no había muerto nadie, conservaron el talego con los huesos en espera de que hubiera un lugar digno para sepultarlos, y durante mucho tiempo estorbaron por todas partes y se les encontraba donde menos se suponía, siempre con su cloqueante cacareo de gallina clueca. Pasó mucho tiempo antes de que Rebeca se incorporara a la vida familiar. Se sentaba en el mecedorcito a chuparse el dedo en el rincón más apartado de la casa. Nada le llamaba la atención, salvo la música de los relojes, que cada media hora buscaba con ojos asustados, como si esperara encontrarla en algún lugar del aire. No lograron que comiera en varios días. Nadie entendía cómo no se había muerto de hambre, hasta que los indígenas, que se daban cuenta de todo porque recorrían la casa sin cesar con sus pies sigilosos, descubrieron que a Rebeca solo le gustaba comer tierra húmeda de patio y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas.

Cien Años de Soledad / Gabriel García Márquez / 1967

Hermosa cosecha la del ’67. Felicidades JAI.

Diles Que No Me Maten / Juan Rulfo

noviembre 26, 2010 - 2 comentarios

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba: Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Párrafo rescatado por Pedro Camacho.

Diles Que No Me Maten / El Llano en Llamas / Juan Rulfo /1953