La muerte de Iván Ilich / León Tolstoi

Aparte de aquella mentira, o tal vez a consecuencia de ella, lo más doloroso para Iván Ilich era que nadie se compadeciera de él, tal como hubiera querido. En ciertos momentos, después de haber sufrido prolongados dolores, deseaba –aunque le hubiera avergonzado reconocerlo– que se apiadaran de él, como de un niño enfermo. Deseaba que lo acariciaran, que le dieran besos, que lo mimasen como a un niño. Sabía que era un personaje importante, que tenía la barba entrecana y que, por consiguiente, aquello hubiera sido imposible. Sin embargo, lo deseaba. En el trato que Guerasim le dispensaba, había algo semejante a eso; y por tanto, era lo único que lo consolaba: Iván Ilich tenía deseos de llorar, le gustaría que lo acariciasen y lo mimasen. Pero he aquí que llegaba Shebek, su colega; y en vez de llorar y de pedir caricias, Iván Ilich adoptaba una expresión seria, grave y reconcetrada; y, por la fuerza de la inercia, expresa su opinión sobre la importancia de una decisión del Tribunal de Casación, que sostiene tenazmente. Aquella mentira en torno suyo y dentro de él mismo envenenó más que nada los últimos días de su vida.

La muerte de Iván Ilich / León Tolstoi / 1886

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