La tregua / Mario Benedetti

“Mire, Avellaneda, es muy posible que lo que le voy a decir le parezca una locura. Si es así, me lo dice nomás. Pero no quiero andar con rodeos: creo que estoy enamorado de usted.”. Esperé unos instantes. Ni una palabra. Miraba fijamente la cartera. Creo que se ruborizó un poco. No traté de identificar si el rubor era radiante o vergonzoso. Entonces seguí: “A mi edad y a su edad, lo más lógico hubiera sido que me callase la boca; pero creo que, de todos modos, era un homenaje que le debía. Yo no voy a exigir nada. Si usted, ahora o mañana o cuando sea, me dice basta, no se habla más del asunto y tan amigos. No tenga miedo por su trabajo en la oficina, por la tranquilidad en su trabajo; sé comportarme, no se preocupe”. Otra vez esperé. Estaba allí, indefensa, es decir, defendida por mí contra mí mismo. Cualquier cosa que ella dijera, cualquier actitud que asumiera, iba a significar: “Éste es el color de su futuro”. Por fin no pude esperar más y dije: “¿Y?”. Sonreí un poco forzadamente y agregué con una voz temblorosa que estaba desmintiendo el chiste que pretendía ser: “¿Tiene algo que declarar?”. Dejó de mirar su cartera. Cuando levantó los ojos, presentí que el momento peor había pasado. “Ya lo sabía”, dijo. “Por eso vine a tomar café”.

La tregua / Mario Benedetti / 1960

Párrafo rescatado por Zelik Yáñez.


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