Una cuestión personal / Kenzaburo Oé

El doctor no dijo nada más. Bird lo miró a la cara, esperando que volviera a hablar. Y de pronto sintió crecer en su interior una pregunta de extrema bajeza, una especie de neblina negra que había nacido cuando se enteró que el bebé seguía vivo: ¿Qué significaría para nosotros, mi esposa y yo, pasar el resto de nuestra vida prisioneros de un ser casi vegetal, de un bebé monstruoso? Tengo que… librarme de él. Además, ¿qué ocurriría con mi viaje al Africa? En un impulso de autodefensa, como si el bebé estuviera atacándole desde la incubadora, Bird se preparó para la batalla. Al mismo tiempo se ruborizó y comenzó a sudar, avergonzado de sí mismo. Tenía un oído sordo a causa del ruido de la sangre que se precipitaba a su a través, y los ojos se le enrojecieron como golpeados por un puño inmenso e invisible. El sentimiento de vergüenza le hizo lagrimear. Si al menos pudiera librarme de la carga que implica un bebé vegetal, pensó. Pero no podía preguntarle al doctor cómo hacerlo, su bochorno era demasiado pesado. Desesperado, con la cara roja como un tomate, inclinó la cabeza.

Una cuestión personal / Kenzaburo Oé / 1964

Párrafo rescatado por Ana Laura Soto

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