La Inmortalidad / Milan Kundera

Después de esta segunda etapa de la vida, cuando el hombre es incapaz de apartar los ojos de su muerte, viene una tercera etapa, la más breve y más misteriosa, de la que se sabe y se habla poco. Las fuerzas se agotan y del hombre se apodera un cansancio que lo desarma. El cansancio: un callado puente que conduce desde la orilla de la vida a la orilla de la muerte. La muerte está tan cerca que mirarla se ha vuelto aburrido. Ha vuelto a ser invisible y a no ser vista: a no ser vista como no se ven los objetos demasiado conocidos. El hombre cansado mira desde la ventana, mira la copa de los árboles y pronuncia para sí sus nombres: castaño, álamo, arce. Y esos nombres son bellos como el ser mismo. El álamo es alto y se parece a un atleta que ha levantado un brazo hacia el cielo. O se parece a una llama que se elevó hacia lo alto y se quedó petrificada. Álamo, oh, álamo. La inmortalidad es una ilusión ridícula, una palabra vacía, un viento atrapado en una red de mariposas, si la comparamos con la belleza del álamo al que el hombre cansado mira desde la ventana. Al cansado anciano la inmortalidad ya no le interesa en absoluto.

La Inmortalidad / Milan Kundera / 1989

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