A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.
Kafka en la orilla / Haruki Murakami / 2006
Feliz cumple JAI.

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Nadie sabía muy bien cómo reaccionar. El poema parecía atravesado por cables que tensaran los versos casi hasta hacerlos zumbar. La combinación de lenguaje elaborado e imágenes delirantes me pareció emocionante y esclarecedora. El poema de Tabby, por añadidura me hizo sentir menos solo en mi convicción de que la buena literatura podía ser embriagadora sin renunciar al hilo conductor de las ideas. Si hasta el más serio del mundo es capaz de follar como un loco (es más: puede perder la cabeza en el torbellino del acto), ¿por qué a un escritor no puede írsele la olla y seguir siendo una persona cuerda?
Mientras Escribo / Stephen King / 2000
Párrafo rescatado por Liliana Bretón.

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Mirar con impotencia el patio y no saber qué hacer; oir el terco sonido de las propias tripas en el momento de la emoción amorosa; traicionar y no ser capaz de detenerse en el hermoso camino de la traición; levantar el puño entre el gentío de la Gran Marcha; hacer exhibición de ingenio ante los micrófonos secretos de la policía; todas esas situaciones las he conocido y las he vivido yo mismo, sin embargo de ninguna de ellas surgió un personaje como el que soy yo, con mi curriculum vitae. Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron. Por eso los quiero por igual a todos y todos me producen el mismo pánico: cada uno de ellos ha atravesado una frontera por cuyas proximidades no hice más que pasar. Es precisamente esa frontera (la frontera tras la cual termina mi yo), la que me atrae. Es más allá de ella donde empieza el secreto por el que se interroga la novela. Una novela no es una confesión de autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido este mundo. Pero basta. Volvamos a Tomás.
La insoportable levedad del ser / Milan Kundera / 1984
Párrafo rescatado para los enClaustrados.

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- …Vi el sistema judicial, en sí mismo, como un ser vivo especial, extraño.
- ¿Un ser vivo especial?
- Sí. Un pulpo, por ejemplo. Un pulpo gigantesco que habita en las profundidades marinas. Tiene una vitalidad extraordinaria, avanza por el fondo negro del océano haciendo serpentear un montón de largos tentáculos. Mientras asistía a los juicios, no pude evitar imaginármelo de esa forma. Y ese ser vivo adopta diversas formas, ¿sabes? A veces adopta la forma del Estado; otras, la de las leyes. También puede adoptar las formas más retorcidas, más complejas. Y aunque le cortes una y otra vez los tentáculos, vuelven a crecer, siempre. Nadie puede acabar con él. Es demasiado fuerte, vive en una sima demasiado profunda. Ni siquiera sabemos dónde tiene el corazón. Yo, en aquellos momentos, sentí terror. Y me desesperaba pensar que, por muy lejos que intentara escapar, sería incapaz de huir de él. Aquel ser no piensa que yo soy yo y que tú eres tú. Ante él, todos perdemos nuestro nombre, todos dejamos de tener un rostro. Todos nos convertimos en un signo. En un simple número.
After Dark / Haruki Murakami / 2004

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Le parecía que en algún sitio de la tierra se tenía que dar la felicidad, como una planta oriunda de aquel suelo y que en cualquier otra parte prospera mal. ¡Qué pena no poder acordarse ella sobre la balaustrada de algún chalet suizo o ir a encerrar su melancolía en un cottage escocés, junto a un marido vestido de terciopelo negro con chaqué de faldones, botas suaves, puños en las bocamangas y sombrero de copa alta! Hubiera deseado tal vez poder hacerle a alguien aquellas confidencias. Pero ¿cómo hablar de un malestar inaprensible que cambia de apariencia como las nubes y forma remolinos como el viento? Le faltaban las palabras, la ocasión, la audacia.
Madame Bovary / Gustave Flaubert / 1857

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Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar,
pero piensa que es una crueldad inútil
y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz.
La flor piensa: “Es como una flor”.
Historias de cronopios y de famas / Julio Cortázar / 1962
Párrafo rescatado por Roberto Trad.

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Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto.
Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Sólo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez a mi mente como la escena simbólica de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, pertinaz una parte de mi cabeza. – ¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?— No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando inexorablemente, lo demás. Con todo a bordo de aquel avión en el aeropuerto de Hamburgo, la sacudida más fuerte, más prolongada que de costumbre.
— ¡Arriba! ¡Comprende!—, decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.
Tokio Blues. Norwegian Wood / Haruki Murakami / 1987
Párrafo rescatado por Miguel Ángel Rodríguez Reyes.

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¡Qué grandes son los espectáculos del vino iluminados por el sol interior! ¡Qué verídica y ardiente es esa segunda juventud que extrae el hombre de él! Pero cuán temibles son también sus voluptuosidades fulminantes y sus irritantes encantos. Y sin embargo, decid, con vuestra alma y consciencia, jueces, legisladores, hombres de mundo, vosotros que la dicha os vuelve suaves, a quienes la suerte fácilmente vuelve virtuosos y sanos, decid, ¿quién de vosotros tendrá el valor despiadado de condenar al hombre que bebe genio?
Del vino y del hachís / Charles Baudelaire / 1851
Párrafo rescatado por David Vizcarra.

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Entonces Moctezuma apareció en el techo del palacio. Estaba rodeado de otros grandes señores mexicas y de guerreros españoles. Todos bajamos la vista y él empezó a hablar. Su voz apenas se oía, pero los pregoneros repetían sus palabras hacia los cuatro rumbos:
“- ¡Mexicas! ¡Tenochcas! Escuchen la voz de su gobernante, de su señor. ¡Escuchen sus órdenes! No somos los iguales de estos hombres. No los podemos vencer. Dejen la batalla. Suelten sus flechas y sus escudos. Piensen en los pobres viejos, en las mujeres, en la gente del pueblo, en los niños que apenas gatean. Ellos pagarán la guerra, ellos sufrirán. Por eso, les ordeno yo, su emperador, el señor Moctezuma, que no combatan más. No podemos vencer a los extraños. Cesen la lucha, ¿acaso no ven que me tienen atado y que me quieren matar?”
Lo escuchamos en silencio, pero cuando terminó de hablar nadie lo quiso obedecer. Alguien le gritó que era un cobarde, un tonto, que parecía una mujer asustada. Otros le gritaron que era un traidor. Todos sentíamos la misma ira. Gritamos todos a coro que los mexicas no dejaríamos la guerra hasta que hubiéramos vengado a nuestros jóvenes muertos. Le gritamos que ya no lo queríamos como rey nuestro, que no queríamos más a un gobernante cobarde. Queríamos un capitán, un gran guerrero que nos condujera al combate.
Entonces alguien lanzó una piedra al techo del palacio. Todos lo vimos porque ya nadie bajaba la vista frente a ese Moctezuma. La piedra rozó su cabeza y vimos cómo se asustaba y se echaba para atrás. Después volaron más piedras de todos lados. Lo queríamos matar por cobarde y por traidor. Pero los extraños lo protegieron, lo taparon con sus escudos y lo regresaron al interior del palacio. No sé si alguna piedra lo golpeó.
Huesos de Lagartija / Federico Navarrete / 1998
Párrafo rescatado por Altaluz Alavez Espejel.

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“(…), alguna voz pedía Amore é agua que corre, Travessa da Palma, María do Carmo estaba pálida, o tal vez fuese la luz de las velas, o tal vez había bebido demasiado, mantenía la mirada fija y sus pupilas aparecían enormes, la luz de las velas bailaba en ellas, me parecía más hermosa que de costumbre, encendía un cigarrillo con aire absorto, ya está bien, decía, vámonos de aquí, saudade sí pero a pequeñas dosis, no es bueno saturarse, la Alfama estaba semidesierta, nos deteníamos en el mirador de Santa Luzia, había una tupida pérgola de buganvilla, apoyados en el parapeto contemplábamos las luces del Tajo, María do Carmo recitaba Lisbon Revisited de Alvaro do Campos, un poema en el que una persona está en la misma ventana de su infancia, pero ya no es la misma persona y tampoco es la misma ventana, porque el tiempo cambia hombres y cosas, empezábamos a bajar hacia mi hotel, ella me cogía la mano y me decía oye, quién sabe qué somos, quién sabe dónde estamos, quién sabe por qué estamos, escúchame, vamos a vivir esta vida como si fuese un revés, por ejemplo esta noche, tú piensas que eres yo y que me estrechas entre tus brazos, yo pensaré que soy tú, y que me estrecho entre mis brazos.”
El juego del revés / Antonio Tabucchi / 1981
Párrafo rescatado por David Vizcarra.

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