Le parecía que en algún sitio de la tierra se tenía que dar la felicidad, como una planta oriunda de aquel suelo y que en cualquier otra parte prospera mal. ¡Qué pena no poder acordarse ella sobre la balaustrada de algún chalet suizo o ir a encerrar su melancolía en un cottage escocés, junto a un marido vestido de terciopelo negro con chaqué de faldones, botas suaves, puños en las bocamangas y sombrero de copa alta! Hubiera deseado tal vez poder hacerle a alguien aquellas confidencias. Pero ¿cómo hablar de un malestar inaprensible que cambia de apariencia como las nubes y forma remolinos como el viento? Le faltaban las palabras, la ocasión, la audacia.
Madame Bovary / Gustave Flaubert / 1857

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Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar,
pero piensa que es una crueldad inútil
y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume, y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz.
La flor piensa: “Es como una flor”.
Historias de cronopios y de famas / Julio Cortázar / 1962
Párrafo rescatado por Roberto Trad.

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Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto.
Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Sólo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez a mi mente como la escena simbólica de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, pertinaz una parte de mi cabeza. – ¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?— No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando inexorablemente, lo demás. Con todo a bordo de aquel avión en el aeropuerto de Hamburgo, la sacudida más fuerte, más prolongada que de costumbre.
— ¡Arriba! ¡Comprende!—, decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.
Tokio Blues. Norwegian Wood / Haruki Murakami / 1987
Párrafo rescatado por Miguel Ángel Rodríguez Reyes.

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¡Qué grandes son los espectáculos del vino iluminados por el sol interior! ¡Qué verídica y ardiente es esa segunda juventud que extrae el hombre de él! Pero cuán temibles son también sus voluptuosidades fulminantes y sus irritantes encantos. Y sin embargo, decid, con vuestra alma y consciencia, jueces, legisladores, hombres de mundo, vosotros que la dicha os vuelve suaves, a quienes la suerte fácilmente vuelve virtuosos y sanos, decid, ¿quién de vosotros tendrá el valor despiadado de condenar al hombre que bebe genio?
Del vino y del hachís / Charles Baudelaire / 1851
Párrafo rescatado por David Vizcarra.

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Entonces Moctezuma apareció en el techo del palacio. Estaba rodeado de otros grandes señores mexicas y de guerreros españoles. Todos bajamos la vista y él empezó a hablar. Su voz apenas se oía, pero los pregoneros repetían sus palabras hacia los cuatro rumbos:
“- ¡Mexicas! ¡Tenochcas! Escuchen la voz de su gobernante, de su señor. ¡Escuchen sus órdenes! No somos los iguales de estos hombres. No los podemos vencer. Dejen la batalla. Suelten sus flechas y sus escudos. Piensen en los pobres viejos, en las mujeres, en la gente del pueblo, en los niños que apenas gatean. Ellos pagarán la guerra, ellos sufrirán. Por eso, les ordeno yo, su emperador, el señor Moctezuma, que no combatan más. No podemos vencer a los extraños. Cesen la lucha, ¿acaso no ven que me tienen atado y que me quieren matar?”
Lo escuchamos en silencio, pero cuando terminó de hablar nadie lo quiso obedecer. Alguien le gritó que era un cobarde, un tonto, que parecía una mujer asustada. Otros le gritaron que era un traidor. Todos sentíamos la misma ira. Gritamos todos a coro que los mexicas no dejaríamos la guerra hasta que hubiéramos vengado a nuestros jóvenes muertos. Le gritamos que ya no lo queríamos como rey nuestro, que no queríamos más a un gobernante cobarde. Queríamos un capitán, un gran guerrero que nos condujera al combate.
Entonces alguien lanzó una piedra al techo del palacio. Todos lo vimos porque ya nadie bajaba la vista frente a ese Moctezuma. La piedra rozó su cabeza y vimos cómo se asustaba y se echaba para atrás. Después volaron más piedras de todos lados. Lo queríamos matar por cobarde y por traidor. Pero los extraños lo protegieron, lo taparon con sus escudos y lo regresaron al interior del palacio. No sé si alguna piedra lo golpeó.
Huesos de Lagartija / Federico Navarrete / 1998
Párrafo rescatado por Altaluz Alavez Espejel.

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“(…), alguna voz pedía Amore é agua que corre, Travessa da Palma, María do Carmo estaba pálida, o tal vez fuese la luz de las velas, o tal vez había bebido demasiado, mantenía la mirada fija y sus pupilas aparecían enormes, la luz de las velas bailaba en ellas, me parecía más hermosa que de costumbre, encendía un cigarrillo con aire absorto, ya está bien, decía, vámonos de aquí, saudade sí pero a pequeñas dosis, no es bueno saturarse, la Alfama estaba semidesierta, nos deteníamos en el mirador de Santa Luzia, había una tupida pérgola de buganvilla, apoyados en el parapeto contemplábamos las luces del Tajo, María do Carmo recitaba Lisbon Revisited de Alvaro do Campos, un poema en el que una persona está en la misma ventana de su infancia, pero ya no es la misma persona y tampoco es la misma ventana, porque el tiempo cambia hombres y cosas, empezábamos a bajar hacia mi hotel, ella me cogía la mano y me decía oye, quién sabe qué somos, quién sabe dónde estamos, quién sabe por qué estamos, escúchame, vamos a vivir esta vida como si fuese un revés, por ejemplo esta noche, tú piensas que eres yo y que me estrechas entre tus brazos, yo pensaré que soy tú, y que me estrecho entre mis brazos.”
El juego del revés / Antonio Tabucchi / 1981
Párrafo rescatado por David Vizcarra.

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En invierno, en París, hay lugares en los que hace más frío que en otros. Por más alcoholes de alta graduación que bebas, es como si una ventisca soplara hasta los rincones más recónditos de los bares. La era glaciar ha llegado antes de tiempo. Incluso la gente produce escalofríos.
El amor dura tres años / Frédéric Beigbeder / 1997

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Cada vez que María se aproximaba a mí en medio de otras personas, yo pensaba: “Entre este ser maravilloso y yo hay un vínculo secreto” y luego, cuando analizaba mis sentimientos, advertía que ella había empezado a serme indispensable (como alguien que uno encuentra en una isla desierta) para convertirse más tarde, una vez que el temor de la soledad absoluta ha pasado, en una especie de lujo que me enorgullecía, y era en esta segunda fase de mi amor en que habían empezado a surgir mil dificultades; del mismo modo que cuando alguien se está muriendo de hambre acepta cualquier cosa, incondicionalmente, para luego, una vez que lo más urgente ha sido satisfecho, empezar a quejarse crecientemente de sus defectos e incovenientes. He visto en los últimos años emigrados que llegaban con la humildad de quien ha escapado a los campos de concentración, aceptar, cualquier cosa para vivir y alegremente desempeñar los trabajos más humillantes: pero es bastante extraño que a un hombre no le baste con haber escapado a la tortura y a la muerte para vivir contento: en cuanto empieza a adquirir nueva seguridad, el orgullo, la vanidad y la soberbia, que al parecer habían sido aniquilados para siempre, comienzan a reaparecer, como animales que hubieran huido asustados; en cierto modo a reaparecer con mayor petulancia, como avergonzados de haber caído hasta ese punto. No es difícil que en tales circunstancias se asista a actos de ingratitud y de desconocimiento.
El túnel / Ernesto Sábato / 1977

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Sí. Un lenguaje que al fin dirá lo que tenemos que decir. Porque nuestra palabras ya no se corresponden con el mundo. Cuando las cosas estaban enteras nos sentíamos seguros de que nuestras palabras podían expresarlas. Pero poco a poco estas cosas se han partido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado a la nueva realidad. De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablemos falsamente, distorsionando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden. Pero las palabras, como usted comprende, son susceptibles de cambio. El problema es cómo demostrarlo. Por eso trabajo ahora con los medios más simples, tan simples que hasta un niño pueda comprender lo que digo. Considere una palabra que remite a una cosa: “paraguas”, por ejemplo. Cuando digo la palabra “paraguas”, usted ve el objeto en su mente. Ve una especie de bastón con rayos metálicos plegables en la parte superior que forman una armadura para una tela impermeable, la cual, una vez abierta, le protegerá de la lluvia. Este último detalle es importante. Un paraguas no es sólo una cosa, es una cosa que cumple una función, en otras palabras, expresa la voluntad del hombre. Cuando uno se para a pensar en ello, todos los objetos son semejantes al paraguas, en el sentido de que cumplen una función. Ahora, mi pregunta es la siguiente: ¿qué sucede cuando una cosa ya no cumple su función? ¿Sigue siendo la misma cosa o se ha convertido en otra? Cuando arrancas la tela del paraguas, ¿el paraguas sigue siendo un paraguas? Abres los radios, te los pones sobre la cabeza, caminas bajo la lluvia, y te empapas. ¿Es posible seguir llamando a ese objeto un paraguas? En general, la gente lo hace. Como máximo dirán que el paraguas está roto. Para mí, eso es un serio error, la fuente de todos nuestros problemas. Puesto que ya no cumple su función, el paraguas ha dejado de ser un paraguas. Puede que se parezca a un paraguas, puede que haya sido un paraguas, pero ahora se ha convertido en otra cosa. La palabra, sin embargo, sigue siendo la misma. Por lo tanto, ya no puede expresar la cosa. Es imprecisa; es falsa; oculta aquello que debería revelar. Y si ni siquiera podemos nombrar un objeto corriente que tenemos entre las manos, ¿cómo podemos esperar hablar de las cosas que verdaderamente nos conciernen? A menos que podamos empezar a incorporar la noción de cambio a las palabras que usamos, continuaremos estando perdidos.
Ciudad de cristal / Paul Auster / 1985
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Sólo cuando habían terminado, y mientras guardaba otra vez los papeles en la cartera, el vendedor examinó la casa con una mirada consciente y lo estremeció el aliento mágico de su belleza. Volvió a mirar a María dos Prazeres como si fuera por primera vez.
-¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta? -preguntó él.
Ella lo dirigió hacia la puerta.
-Por supuesto -le dijo-, siempre que no sea la edad.
-Tengo la manía de adivinar el oficio de la gente por las cosas que hay en su casa, y la verdad es que aquí no acierto -dijo él-. ¿Qué hace usted? María dos Prazeres le contestó muerta de risa:
-Soy puta, hijo. ¿O es que ya no se me nota? El vendedor enrojeció.
María dos Prazeres/ Gabriel García Márquez / 1979
Párrafo rescatado por Marina Durán.

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